Una blanda muñeca de trapo sin rostro
como la piel de un hongo sedoso casi translúcido,
acolchada pero liviana, sin alma tampoco
así se siente mi yo adosado a este cuerpo hueco
hilvanada por el hilo del angustia,
cortas puntadas dadas por manos inexpertas,
torpes y gruesas,
con una aguja gigante,
amenazadora y afilada
de acero brillante,
recta, enhiesta y muda.
El hilo de la angustia cosido sobre mi,
pega unos contra otros los dedos de las manos,
de los pies, adhiere los brazos al torso
y pega botones en articulaciones.
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