lunes, 17 de enero de 2022

LA LLUVIA DEL ABUELO

De todos los personajes fascinantes mi abuelo era uno de ellos. Era corriente, un hombre, simplemente, pero era un héroe noble para mi. Le entregaron una vez un fusil siendo reservista en Europa, no sé en qué bando, solo sé que en la Segunda Guerra Mundial pero el escapó y lo reventó contra un árbol porque dijo que prefería estar muerto antes de usarlo. Esos eran los cuentos que nos relataba sentado a la cabecera de la mesa cuando almorzábamos los domingos ese caldo de pollo único de la abuela que nunca más probé a nadie. Cuando les tocó salir al Mar Caribe dejando todo, vinieron a cortar caña, ese fue el trabajo que les dieron como refugiados. Bajo el intenso calor tropical, la piel blanca y los ojos azules tuvieron que sudar como los buenos y aprender a ver con angustia las mapanares y otras aterradoras serpientes que acostumbraban pasearse por los sembradíos. Pero poco a poco la cosa fue cambiando. Se mudaron tantas veces y el abuelo fue aprendiendo pequeños oficios que lo llevaron al taller de una conocida empresa alemana de motores. Si hubiera tenido oportunidad de estudiar seguramente hubiera sido un ingeniero. Inventaba cada cosa. Ganaba poco. No le fue también como a otros extranjeros que se hicieron comerciantes. A mi criterio no era que le faltara inteligencia, sino que era demasiado bueno y decente para intentar vender algo. Pasó muchos años en aquel puesto, oyendo durante horas el ruido ensodercedor de las máquinas. Eran tiempos donde el trabajador y su bienestar no era ni siquiera un asunto que se estuviera gestando. Pero él no paraba. Después de su retiro incluso acondicionó un pequeño taller donde seguía reparando cosas como si fuera una labor de ocho horas. Se vestía con una braga de mecánico y pasaba las horas en aquella casucha rodeado de herramientas. Un mueble, un artefacto eléctrico, una pieza del carro, siempre había algo que arreglar. Cuando finalmente terminaba la semana y mamá nos llevaba de visita, lo primero que hacía era correr al taller. Allí hablábamos un rato, yo le preguntaba gritando para qué eran las cosas que tenía sobre el mesón. El me explicaba. El abuelo fue perdiendo poco a poco el oído a causa de su trabajo. De todos los nietos creo que yo le hablaba alzando demasiado la voz. Unas veces me decía oía un zumbido, y hacía ese sonido con la z como una abeja, propio de un extranjero que tenía una particular forma de hablar nuestro idioma. Otras veces oía como el mar, embravecido me decía, como arena. Otras veces escuchaba una cascada. En pocas ocasiones podía escuchar perfectamente bien por poco tiempo. No puedo imaginar la tortura que significaba tener siempre una cortina sonora indeseada en la cabeza. No se lo merecía. Y yo, que lo quería tanto no soportaba que alguien hablara bajito cosas que sabía que él no podía escuchar. Yo le gritaba y lo miraba a la cara para que también viera mis labios, por si le quedaba alguna duda de lo que pensaba que entendía. Una de esas visitas se quedó dulcemente en mis recuerdos. Todavía hoy en día a tantos años de su vuelo me acuerdo y me da risa. Estábamos los dos en la cocina. Él se preparaba un té negro con limón. Llovía muy fuerte. La ventana estaba cerrada pero se escuchaban las gotas pegar contra el vidrio, también contra una escalera lateral que tenía escalones de metal. Yo algo le quise decir, no recuerdo ya qué. Me paré frente a él. Revolvía ensimismado el líquido en la taza. Le grité. Se estremeció un poco. Yo seguí mi diálogo. El sonrió un poco con su serenidad de siempre pero bajando la vista. Tomó un sorbo de té hirviendo. Yo hablaba. De pronto con su mano inmensa me hizo una señal para parar y se amplió un poco más la sonrisa. "Espera, no grites", me dijo, "hoy es uno de esos días, estoy oyendo hasta las gotas que pegan en la ventana". 



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