lunes, 23 de septiembre de 2019
¡VENDIDA!
Sin más se apareció y le dijo con voz seductora simplemente "ven". Ante sus ojos, la extraña criatura comenzó a tomar las formas de sus más cercanos afectos y los no tanto también. Su madre, su tía la que horneaba pastafrola, su noviecita de primaria, la de secundaria, la hippie universitaria, la ex y madre de sus hijos, hasta el muchacho aquel que repartía la pizza y un viernes de oferta le dejó un corazón de pimentón y una nota donde se le entregaría "entero". Fue un extraño performance de una rapidez tal que, de haberlo intentado, no habría podido acordarse de si había humo violeta entre una transición y otra. Pasó de imágenes tiernas a otras de objetos y hasta pensamientos, aquel coche color negro que había deseado, el viaje a Ibiza, el juego de maletas Mario Hernández, el departamento a la orilla de la playa, su dentadura por fin pareja y arreglada y las tetas de su vecina. Toda su vida de anhelos pasó en segundos. "Ven", dijo esa cosa de nuevo. Un canto de sirenas que lo obligaba a avanzar sin poder controlar sus piernas. "Eres mío", escuchó otra vez. Y su voluntad se extinguía ante lo que se confundía con un vago sueño de una tarde dominguera asquerosamente calurosa. En cierto momento la curiosidad lo llenó de valor para titubear tratando de enfocar y distinguir. "¿Quién eres? no te conozco. Como dice Florentino, si me le vendí me paga porque yo a nadie le fío". Tuvo el atrevimiento de bromear. "Ven. Eres mío", se escuchó de nuevo y él sintió que una mano fuerte lo tomaba por el brazo. "Ya te compré y asentiste", le susurró la presencia al oído. Fue un estímulo inmediato que le erizó la piel como si una gran boa le subiera hasta la nuca. "¿Yo?, jamás, ¿cuándo?". Y en una succión que se llevó su cuerpo para siempre aquel ente le respondió: "la última vez, cuando le dijiste que sí sin pensar como siempre a las condiciones de una página en la red. Conejo tonto y presa fácil, aceptaste los términos de mi compra de tu alma con todo y cookies".
miércoles, 4 de septiembre de 2019
SORBETES DE AMOR
Vivo sola, ni un perro tengo que me reciba frenético, pero al llegar a casa en la tarde después del trabajo, siento el amor infinito de los zancudos que esperan por mi todo el día.
viernes, 23 de agosto de 2019
LA OCA
Aunque sean cortitos
no me gustan los cuentos sin final
me generan arrepentimiento depresivo
por elecciones que hubieran podido ser otras.
Siempre me engañan los fáciles
con un buen título, un tamaño que parece digerible,
o una buena metáfora que atrapa con un guiño.
Me timó recientemente uno villano, insoportable,
con la imagen apetitosa de una oca de paseo
caminando obediente, atadita a una ligera soga
llevada por una dama con sombrero veraniego.
Diez líneas a lo sumo, como un can can lucían,
atrevidas, danzarinas, seductoras,
la tentación de un posible relato con sonrisas
pero fue un chasco, un sabor soso que atraganta,
ella quedó a la espera absurda, por demás, en un bar
de alguien que debía recoger al ansar con un lazo naranja.
no me gustan los cuentos sin final
me generan arrepentimiento depresivo
por elecciones que hubieran podido ser otras.
Siempre me engañan los fáciles
con un buen título, un tamaño que parece digerible,
o una buena metáfora que atrapa con un guiño.
Me timó recientemente uno villano, insoportable,
con la imagen apetitosa de una oca de paseo
caminando obediente, atadita a una ligera soga
llevada por una dama con sombrero veraniego.
Diez líneas a lo sumo, como un can can lucían,
atrevidas, danzarinas, seductoras,
la tentación de un posible relato con sonrisas
pero fue un chasco, un sabor soso que atraganta,
ella quedó a la espera absurda, por demás, en un bar
de alguien que debía recoger al ansar con un lazo naranja.
jueves, 21 de febrero de 2019
El pequeño Larousse
El Pequeño Larousse Ilustrado me abrazó emocionado, tenía tiempo con el lomo al aire en la biblioteca en la misma posición. Al principio dudé en tomarlo porque es tan fácil ahora buscar cualquier palabra en línea mientras escribes, pero no sé que pasó. Exigua, exiguo, fue esa la palabra mágica. Le abrí la barriga allí en la E, vi sus páginas blancas, no sé de qué estarán hechas porque el Pequeño es uno de los pocos libros que no se ha enmohecido en esta casa tan húmeda. Lo compré recién graduada de periodista, con mis primeros sueldos. Qué locura hacer de la compra de un diccionario que casi pesa dos kilos un triunfo de la independencia económica. De Ilustrado no tiene nada y es ahora cuando me pregunto si justamente ese adjetivo será por lo mucho que sabe este barrigón que por los dibujos escasos que tiene. Lo cierto es que cuando lo tomé sentí como un pequeño salto de alegría, no sé si de él, no sé si de mis manos. Mi mente voló a mis "años mozos", aquellos donde no pasaba la mayor parte de mi día sentada frente a una pantalla. Mi pequeño Larousse sigue siendo blanco y rojo, con su tapa dura y conserva además su capa de papel. Mis hijos no lo usan, pero hoy lo volví a consultar después de tanto tiempo y también volví a pensar en aquella locura que quería cumplir de leerlo un poco todos los días para llenar mi cabeza de más y más palabras para contar.
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