La maternidad tiene una especie de lenguaje y angustia universales. Probablemente habrá algunas mujeres que se habrán inoculado, las que cuentan con hijos adultos por ejemplo, esas que ya no esperan sentadas en la oscuridad pasada la medianoche del viernes. Ya tocará mi turno, estoy segura de eso, de hecho, ya di un paso al respecto. El episodio fue hace un mes.
Mi rutina se ha mantenido más o menos igual desde que Eugenio entró a la guardería. Entre las ocho y las ocho y treinta de la mañana, después de haberle planchado el uniforme rojo y azul, haberle preparado algo de desayuno, de pelear para que se cepille los dientes, repetirle miles de argumentos ante su comprensible fastidio de, supongo, tener que oír los gritos de una maestra con doce alumnos varones y apenas tres hembras, los dos salimos juntos hasta la puerta del edificio. Después del umbral, una magia extraña se apodera de mi pequeño de cinco años para transformarlo en un surfista citadino. No sé si el humo de los vehículos le produce algún efecto, pero lo cierto es que su semblante cambia. Aunque sea el mismo trayecto todos los días, prueba los desniveles de la acera, se monta en los muros a su alcance, toca los postes, arranca una que otra hoja que se le cruza al paso, choca la mano derecha del vigilante del edificio por donde recortamos camino, mira los gusanos y los caminos de hormigas y hace algunas cosas que me hacen querer que me trague la tierra, como dar palmadas en las nalgas de las chicas que sabe que después se sonreirán al ver que es sólo un niño. Las reprimendas no han servido, intuyo que inevitablemente existe un gen de atrevimiento masculino y contra eso ningún poder materno puede. De regreso en las tardes cambia un poco la dinámica. Apenas sale por la puerta del colegio, me advierte que debemos parar en la panadería para comprar una botella de agua. Al llegar a la tercera casa, contando desde la guardería, recorta el paso y me abraza las piernas. Así va hasta que pasamos la reja por donde asoma un perro pastor alemán siempre enfurecido que deja ver su dentadura. No se puede negar que es un animal muy bello, joven, bien cuidado, que inspira bastante temor. Al caer la tarde lo dejan correr en el patio delantero para que espante a todos los transeúntes. Como la acera es tan estrecha, tenemos que pasar a menos de medio metro de distancia, desde donde parece que el perro puede sacar el hocico y dar una mordida. Pero que va, no le cabe la boca. Eugenio no entiende esto desde su inocencia. Muchas veces grité en voz alta insultos a quienes podrían criar un animal sólo para desequilibrar los nervios de la gente que pasa frente a su casa. Después de tanto tiempo, simplemente me limito a disfrutar de los únicos segundos de gloria durante los cuales Eugenio me hace caso, me da la mano para caminar y accede a cualquier instrucción. Los cambios en el camino de regreso a casa, también incluyen una selección de florecitas de monte que crecen en el regazo de las raíces de los árboles. Eugenio me las da y yo en ocasiones me las pongo en el pelo, otras, las guardo en los bolsillos. Ni pensar en botarlas o dejarlas caer con descuido. Unas cuantas casas más allá, hacemos la parada obligada de las tardes para acariciar a Gema, una labradora dorada ya adulta. Desde que la vimos Eugenio se encantó con ella, le decía “ven perrito”, hasta que una vez la llamaron desde adentro y así supimos su nombre. En los primeros meses, ambos se veían, el niño sonreía y Gema movía la cola. Él se moría por tocarla y ella se arrimaba al metal con ganas de que le acariciaran el lomo. Pero yo, con una mirada los mantenía a raya. Siempre le había advertido a Eugenio que los perros desconocidos no se tocan y menos si están comiendo. Pero un día ya no pude más, creo que fue después de una frase que me tocó el corazón, un domingo cuando salimos de paseo: “somos una familia sin perro”. Desde esa vez lo dejé acariciar a Gema brevemente todas las tardes. También creo que influyó el olor a incienso, ver cómo entraban y salían de la vivienda personas vestidas de naranja, como en un atuendo de meditación y el extraño arabesco oriental impreso en un mosaico adosado a la reja. El caso es que a la rutina se han agregado unos minutos que implican llamar a Gema para que se acerque a la puerta, acariciarle el lomo, hacer que yo también la acaricie, repetirle al niño que no a todos los animales se les puede tener confianza, que es a esta perra porque ya tenemos tiempo conociéndola y por último, despedirse y prometer que mañana pasaremos de nuevo a saludarla. Al llegar a la panadería Eugenio corre para pedir la botella de agua antes de que el empleado la saque de la nevera. Es una carrera de agilidad que ambos se han inventado. Luego, al igual que en las mañanas, mi hijo corre, yo le grito que se pare en cada esquina y me espere para cruzar. Alguna señora me advierte “no lo deje solo, mire que hay mucho peligro”, y yo me controlo entre la angustia de que le pase algo y las ganas de “retorcerle el pescuezo” como decía mi abuela, por hacer que la gente me diga cosas en la calle. Él llega finalmente sudando al edificio y yo, detrás, pensando en cómo un trayecto de quince minutos a pie puede transformarse en uno de cuarenta y cinco.
Mi primera vacuna en el mundo maternal llegó entonces hace poco. Fue una tarde paradójicamente bellísima. Había llovido toda la mañana y yo pensaba preocupada en cómo haría para traerme a Eugenio desde el colegio con semejante clima. Pero el día mejoró y ya a las tres de la tarde los edificios se veían lavados. Eugenio pudo ir a su práctica de fútbol con la guardería y yo me arreglé cerca de las cinco para recogerlo. Preparé un termito con agua, como hacía algunas veces para ahorrar la parada en la panadería. Caminé deprisa, toqué el timbre del colegio, vino la maestra, con ella, Eugenio lanzando la lonchera ya vacía al aire. Le recordé darme un beso y pedirme la bendición. Inicié el interrogatorio para auditar el servicio: “cómo te fue hoy, qué hiciste, viste mucha televisión, hiciste la tarea, qué comiste en el almuerzo”. Una letanía que ya Eugenio me respondía casi automáticamente: “bien, tarea, sólo los Power Rangers, que sí la hice..., pasta con pollo”. Para variar, nos burlamos del pastor alemán. Llegamos a la reja de la casa mística para ver a Gema. Ella se dejó rogar para acercarse, finalmente se levantó y se recostó a la reja como todas las tardes. Eugenio sonrió. El la acarició suavecito con su mano tan pequeña. Al devolver el movimiento para tocarla de nuevo, se levantó algo del pelaje y en cuestión de segundos vi una mancha de sangre, como una perforación. Lo recuerdo claramente. Mientras el niño volteó la cara buscando mi sonrisa de aprobación, se asomó la herida que los deditos tocaron sin querer, el animal emitió un sonido lastimero y como en un latigazo volteó su hocico para clavar sus colmillos en el brazo de mi Eugenio. Todo pasó muy rápido. El perro aflojó la mordida y huyó hacia un rincón pero ya los gritos del niño habían llamado la atención de una brigada naranja que dejó su sesión de meditación con sobresalto. Yo estaba petrificada. Los dos puntos de sangre sobre la piel rosada y tierna se grabaron en mi frente con el hierro de un sentimiento de culpa. Sólo se me ocurrió abrazar a Eugenio tan fuerte que entre sollozos me pidió que lo soltara porque lo estaba asfixiando. Nunca lo había visto llorar de ese modo, ni en las peores caídas. Eran lágrimas largas, espesas, y los ahogos entre ellas eran de decepción. En cambio mis lágrimas eran más tímidas, como un hilo, y de diferentes sabores, unas de culpa, otras de rabia, otras de lástima por mi niño y otras de sabiduría recién adquirida. Allá a lo lejos me pareció oír disculpas, “Gema está herida”, y también acusaciones, “a quien se le ocurre meter la mano en una casa ajena”.
El pediatra revisó a Eugenio esa misma tarde, le limpió el brazo y me recomendó observarlo. Nos fuimos a casa. Lo que hubiera sido un regreso de saltos y picardías se volvió en una mirada triste que traspasaba el vidrio de la ventana del taxi. Sentados en la sala, ya en el refugio de la casa, Eugenio por fin me habló. Tuve miedo por instantes, al no saber si me diría otra de sus frases. Efectivamente no se contuvo y me reprochó: “tú me dijiste que podía acariciar a Gema”. Yo no pude hacer más que reírme internamente y regañarme: “viste... de qué te sirve la comida balanceada, las vacunas al día, pagarle el fútbol, buscarlo temprano al colegio, aguantarse las interminables fiestas infantiles, comprarle un regalito a la maestra en su día o haber sentido que mientras a él lo mordía un golden retriever a ti te despedazaba el cuerpo entero un tigre gigante... de nada”. Seguramente fue el agotamiento lo que me hizo querer saltar de golpe del sofá en el que estábamos y decirle en forma socarrona a mi hijo de tan sólo cinco años: “... y sí, me equivoqué, pero igual soy tu mamá, no te puedo salvar de todas aunque planifique en exceso, si así es como se aprende hemos debido acercarnos al pastor alemán desde hace tiempo para salir de esto de una vez...”. Debo haber tenido una expresión extraña en la cara porque Eugenio me miró asombrado. Mi mente siguió desbocada mientras hacia estaciones en mi fuga a la cocina. “Y no creas que aquí acaba la cosa”, pensé moviendo la cabeza y riendo sola, “ya estamos condenados, tú a mirarme sin quererlo como modelo en todas las mujeres y yo, a pelearte las novias y tal vez, sin pensarlo, sólo por destino inefable, a ser una suegra perversa”.