Dijo la alegría sé...
dijo la tristeza yo sé más que tú,
dijo la melancolía... yo acabo con más vidas,
dijo la entrega ya no hay nadie y nadie toca a la puerta
dijo el destino... yo las aniquilo a todas...
dijo la decepción, ya no hay nada que hacer
dijo la esperanza me voy de este sitio gris y oscuro
dijo la maldad me he apoderado de todo
ya era hora...
sábado, 10 de diciembre de 2011
domingo, 9 de octubre de 2011
Ubicuidad
Ubicuidad
será que existe tal hazaña?
ceñida solamente al poder de los dioses
los varios, no el único, no el excelso
los varios, el del amor, el del odio
existe un dios del odio?
Infinitamente poderoso en sentir rencor
capaz de desatar la furia del volcán?
definitivamente debe existir.
Es azul y naranja y violáceo
y rojo con cara de lenguas de fuego y cenizas
lanza rayos de sus manos e improperios de su boca
desata tempestades y mata traicioneros...
debe existir un dios vengativo y funesto,
es necesario,
no todo puede ser una represa de bondad,
la mortalidad no aguanta tanta blancura
tantas alas, aureolas, palomas blancas y cantos excelsos
hay demasiada crueldad
y debe haber un genio controlador
hiriente, aburrido, sarcástico y estafador
debe haber un dios que no llora que no sufre
que vive del fracaso y la tristeza, que se alegra con la muerte
también a él le toca el don de la ubicuidad
para colarse en todas las rendijas de la existencia
su nombre siempre es falso, por eso es innombrable
pero todos saben que está allí acechando en cada esquina.
será que existe tal hazaña?
ceñida solamente al poder de los dioses
los varios, no el único, no el excelso
los varios, el del amor, el del odio
existe un dios del odio?
Infinitamente poderoso en sentir rencor
capaz de desatar la furia del volcán?
definitivamente debe existir.
Es azul y naranja y violáceo
y rojo con cara de lenguas de fuego y cenizas
lanza rayos de sus manos e improperios de su boca
desata tempestades y mata traicioneros...
debe existir un dios vengativo y funesto,
es necesario,
no todo puede ser una represa de bondad,
la mortalidad no aguanta tanta blancura
tantas alas, aureolas, palomas blancas y cantos excelsos
hay demasiada crueldad
y debe haber un genio controlador
hiriente, aburrido, sarcástico y estafador
debe haber un dios que no llora que no sufre
que vive del fracaso y la tristeza, que se alegra con la muerte
también a él le toca el don de la ubicuidad
para colarse en todas las rendijas de la existencia
su nombre siempre es falso, por eso es innombrable
pero todos saben que está allí acechando en cada esquina.
lunes, 3 de octubre de 2011
El mago
"Es absurdo" dijo Alicia al conejo tras terminar la última página, "nadie que tenga la palabra mago en su nombre puede escribir un libro tan lúgubre". Y cerró fastidiada El Ensayo sobre la Ceguera.
domingo, 25 de septiembre de 2011
ALGA TUNDRA
Dejaré que me coman como a un alga oceánica los diminutos peces.
Bajaré a profundidades obscenas pasando la tundra celeste del mar
vede, verde mar, aguamarina, celeste, azul marino, oscuro, azul petróleo,
ondeando las escamas, sin dejar rastro de olor porque el agua lo impide.
Allá abajo encontraré un pez jamás antes visto deformado por la oscuridad.
Allá miraré por fin una ciudad perdida que nadie conoce y todos temen.
Me internaré sutilemente con las ondas del agua y mi cuerpo formará agallas.
Allá no me encontrarán los anzuelos metálicos del pestilente pasado.
Viviré en cavernas de los tonos más penumbrosos que invitan al olvido
y me volveré transparente ante la ausencia castigadora de la luz y del amor.
Allá no hay nombres porque muchas de las especies son desconocidas.
Me quedaré asida con ventosas en la carcaza podrida de un barco en tinieblas.
Allí el mar no es salado, ni violento, ni feroz ni lúgubre, es sólo mar, sin sentido, sin alma.
Allá el mar pierde olor y el Sol ya no tiene dominio, ni la luna, ni algún astro descubierto por el hombre.
Me quedaré con las especies por descubrir, entre los tesoros áureos de tiempos remotos.
Allá reposaré los cariños, los anhelos, los recuerdos, la alegría, el sarcasmo, el desengaño
y me volveré poco a poco herrumbre de mar y asilo para peces tristes y enfermos.
Bajaré a profundidades obscenas pasando la tundra celeste del mar
vede, verde mar, aguamarina, celeste, azul marino, oscuro, azul petróleo,
ondeando las escamas, sin dejar rastro de olor porque el agua lo impide.
Allá abajo encontraré un pez jamás antes visto deformado por la oscuridad.
Allá miraré por fin una ciudad perdida que nadie conoce y todos temen.
Me internaré sutilemente con las ondas del agua y mi cuerpo formará agallas.
Allá no me encontrarán los anzuelos metálicos del pestilente pasado.
Viviré en cavernas de los tonos más penumbrosos que invitan al olvido
y me volveré transparente ante la ausencia castigadora de la luz y del amor.
Allá no hay nombres porque muchas de las especies son desconocidas.
Me quedaré asida con ventosas en la carcaza podrida de un barco en tinieblas.
Allí el mar no es salado, ni violento, ni feroz ni lúgubre, es sólo mar, sin sentido, sin alma.
Allá el mar pierde olor y el Sol ya no tiene dominio, ni la luna, ni algún astro descubierto por el hombre.
Me quedaré con las especies por descubrir, entre los tesoros áureos de tiempos remotos.
Allá reposaré los cariños, los anhelos, los recuerdos, la alegría, el sarcasmo, el desengaño
y me volveré poco a poco herrumbre de mar y asilo para peces tristes y enfermos.
jueves, 15 de septiembre de 2011
UNA HOZ
En un país no muy lejano, un rey moribundo en traje de dormir se aferraba a su trono mientras la muerte le hacía cosquillas en los pies con la puntita filosa de su hoz
viernes, 9 de septiembre de 2011
Bien venida alegría, bienvenido pesar - John Keats
Bien venida alegría, bien venido pesar,
la hierba del Leteo y de Hermes la pluma:
vengan hoy y mañana,
que los quiero lo mismo.
Me gusta ver semblantes tristes en tiempo claro
y alguna alegre risa oír entre los truenos;
bello y feo me gustan:
dulces prados, con llamas ocultas en su verde,
y un reírse zumbón ante una maravilla;
ante una pantomima, un rostro grave;
doblar a muerto y alegre repique;
el juego de algún niño con una calavera;
mañana pura y barco naufragado;
las sombras de la noche besando a madreselvas;
sierpes silbando entre encarnadas rosas;
Cleopatra con regios atavíos
y el áspid en el seno;
la música de danza y la música triste,
juntas las dos, prudente y loca;
musas resplandecientes, musas pálidas;
el sombrío Saturno y el saludable Momo:
risa y suspiro y nueva risa...
¡Oh, qué dulzura, el sufrimiento!
Musas resplandecientes, musas pálidas,
de vuestro rostro alzad el velo,
que pueda veros y que escriba
sobre el día y la noche
a un tiempo; que se apague
mi sed de dulces penas;
ramas de tejo sean mi refugio,
entrelazadas con el mirto nuevo,
y pinos y limeros florecidos,
y mi lecho la hierba de una fosa.
la hierba del Leteo y de Hermes la pluma:
vengan hoy y mañana,
que los quiero lo mismo.
Me gusta ver semblantes tristes en tiempo claro
y alguna alegre risa oír entre los truenos;
bello y feo me gustan:
dulces prados, con llamas ocultas en su verde,
y un reírse zumbón ante una maravilla;
ante una pantomima, un rostro grave;
doblar a muerto y alegre repique;
el juego de algún niño con una calavera;
mañana pura y barco naufragado;
las sombras de la noche besando a madreselvas;
sierpes silbando entre encarnadas rosas;
Cleopatra con regios atavíos
y el áspid en el seno;
la música de danza y la música triste,
juntas las dos, prudente y loca;
musas resplandecientes, musas pálidas;
el sombrío Saturno y el saludable Momo:
risa y suspiro y nueva risa...
¡Oh, qué dulzura, el sufrimiento!
Musas resplandecientes, musas pálidas,
de vuestro rostro alzad el velo,
que pueda veros y que escriba
sobre el día y la noche
a un tiempo; que se apague
mi sed de dulces penas;
ramas de tejo sean mi refugio,
entrelazadas con el mirto nuevo,
y pinos y limeros florecidos,
y mi lecho la hierba de una fosa.
Versión de Màrie Montand
jueves, 8 de septiembre de 2011
miércoles, 15 de junio de 2011
Todos los caminos conducen a Roma
I
Todos los caminos conducen a Roma
Menos el tuyo que conduce a la incertidumbre.
Frases de amor desgraciado que me inventas
Tal vez alimentando mi pesimismo rumano,
“te quiero muy a mi pesar”
“no puedo evitar quererte”
Es lo más romántico que sale de tu hígado
Y yo muriéndome en esta melancolía siglo diecinueve
No sabes nada
Eres un pobre espíritu que ve el mar como mar
Que no ve el rococó de las olas
Ni el oscurantismo en pinceladas de “el grito”
Eres tan básico pero querible.
Cállate. Le digo a mi pensamiento
No es él. Sí es él. No quiero que sea él.
El vino es demasiado dulce.
Mi biografía desentona con este personaje pueril
Pero no puedo soltarle.
Es mío. Mío. MIO. Capricho o no… es mío.
II
El vino es dulce.
Va la cuarta la quinta la tercera copa
No sé…. Sigue siendo dulce a mi insulina
Me quieres no me quieres… no me quieras
Que me importa
Al grado etílico le tiene sin cuidado
Tantos años al cuidado de tu cuidado
Pero no lo quieres
Quieres una muñeca inflable, pura sonrisa, puro hule
Pero yo huelo
a hormonas, a vejez, a fastidio.
Baila conmigo
Procura coquetearme más...
Y no reparo de lo que te haré
Me gusta esa canción…
III
Sigue estando dulce el vino, seguro no lo tomarías
Es tan difícil ser básico,
La socialización te corrompe
te evita decir
Quiero hacer contigo lo que la primavera hace a los cerezos
Te obliga a pensar en las visitas conyugales de los presos
Te obliga a pensar tan bajo, tan aborrecible
Hasta sería divertido pensar fornicando con un gay
Porque nada cabe ya en el romanticismo
Está perdido el amor en la costumbre.
El vino me envilece y me hace pensar en suicidios de poetas
Sexton , Plath… no espera Plath no,
No todos están atiborrados de fantasmas viles.
IV
Me quieres? Por favor quiéreme.
No sé por qué eres tú. El vino sigue asquerosamente dulce.
Si no eres tú no es nadie. Si no eres tú es el mar.
Si copulo con el mar me tragará un pulpo gigante
Y el placer será nulo y extraterreno.
No soy yo me dices y tomo más del asqueroso vino dulce.
No soy yo, es alguien capaz de desayunos, de luz de velas
De cartas románticas. No soy yo, me explicas.
El de los desayunos en bandeja, domingo en la mañana.
Y el maldito vino se empeña. Sí es. Las huellas de la playa son de él.
Son suyas todas las peleas, las reconciliaciones, las tormentas.
El odio a los que le rodean sigue. Te sigue pareciendo que es él?
Qué se yo ya. El vino dulce me agobia la garganta y el juicio.
Yo lo espero.
No pienso en más nadie aunque trato y ya el vino me posee.
V
Está bien, corredor hacia el mar. Escena tropical.
Romanticismo a ultranza. Insistes todavía en él?
Qué hacer? Sí. El vino no es culpable. Es mi culpa.
No sé qué veo en él. Es tan imberbe. Tan desprendido. Tan solo.
Quiero que me necesite desesperadamente y él sólo quiere una nube.
Yerma. Yerma. Yerma. Yerma. Sé que él no entenderá.
No importa.
Una playa bastará para enjuagarme esta tristeza.
Sólo escribes cuando el desasosiego te consume? Criminal.
Qué puedo hacer? Es inevitable. Siento que le pertenezco.
Que ya nadie me interesa que el vino es dulce y desagradable
Pero él sigue siendo una utopía necesaria.
Él no me conoce, pero no importa. No puede sentirse alma solamente
Es mi terreno, mi prueba de realidad, mi paso en falso.
Para qué el engaño
El engaño de mi espíritu que no es más
Va y viene sin sentido por las obligaciones cotidianas
Sin memoria, se olvida de los horarios infranqueables
Se olvida del alimento, de la respiración yóguica
Va arrastrando su cara deforme como un pastel derretido
Y va dejando tras sí el poco líquido de lágrimas que le quedan
Ya todas las flores son grises de invierno
Y no ve más mi alma las caricias de mis hijos como antes
Las ve distante y las rechaza, me siento muerta
Y soy una fuente inagotable de lágrimas que no puede pensar
Ni vivir, ni sentir, ni odiar, ni temer, ni esperar nada.
Mi espíritu se ha ido a donde estas aunque me desprecias
Aunque el amor se desmigajó en un té de mar
Y botaste lo último que de él quedaba en una ola.
Mi espíritu me sabe a sal…
Abismo
Aceleración
Aflicción
Agonía
Aislamiento
Angustia
Anorexia
Anquilosamiento
Ansiedad
Apatía
Arritmia
Atomización
Ausencia
Autoestima aniquilada…
Todo eso me produce tu partida.
martes, 14 de junio de 2011
Féretro
Féretro tristemente vacío
no hay una vieja un niño muerto
un hombre abaleado un sidoso
sólo un raso blanco en pliegues
deja abierta la vena del morbo
por acurrucarse allí a ver qué se siente
recostar la cabeza cruzar las manos
cerrar los ojos parar la respiración
féretro helado que huele a formol
envase auténtico la última parada
tienta tapar la ventanilla aún respirando
y hacer que se grita pero con burla
féretro es la piel las uñas el cabello
la carne que apresa el músculo que azuza
existencia vacua obnubilada y deforme
que quiere partir y así juega al demente
se queda allí riendo y cierra la compuerta
pero se queda inocente dormida la conciencia
y al despertarse no despierta
algún confundido trasnochado ha puesto el cerrojo
no hay una vieja un niño muerto
un hombre abaleado un sidoso
sólo un raso blanco en pliegues
deja abierta la vena del morbo
por acurrucarse allí a ver qué se siente
recostar la cabeza cruzar las manos
cerrar los ojos parar la respiración
féretro helado que huele a formol
envase auténtico la última parada
tienta tapar la ventanilla aún respirando
y hacer que se grita pero con burla
féretro es la piel las uñas el cabello
la carne que apresa el músculo que azuza
existencia vacua obnubilada y deforme
que quiere partir y así juega al demente
se queda allí riendo y cierra la compuerta
pero se queda inocente dormida la conciencia
y al despertarse no despierta
algún confundido trasnochado ha puesto el cerrojo
domingo, 15 de mayo de 2011
UNA RAZA PARA NIÑOS
La maternidad tiene una especie de lenguaje y angustia universales. Probablemente habrá algunas mujeres que se habrán inoculado, las que cuentan con hijos adultos por ejemplo, esas que ya no esperan sentadas en la oscuridad pasada la medianoche del viernes. Ya tocará mi turno, estoy segura de eso, de hecho, ya di un paso al respecto. El episodio fue hace un mes.
Mi rutina se ha mantenido más o menos igual desde que Eugenio entró a la guardería. Entre las ocho y las ocho y treinta de la mañana, después de haberle planchado el uniforme rojo y azul, haberle preparado algo de desayuno, de pelear para que se cepille los dientes, repetirle miles de argumentos ante su comprensible fastidio de, supongo, tener que oír los gritos de una maestra con doce alumnos varones y apenas tres hembras, los dos salimos juntos hasta la puerta del edificio. Después del umbral, una magia extraña se apodera de mi pequeño de cinco años para transformarlo en un surfista citadino. No sé si el humo de los vehículos le produce algún efecto, pero lo cierto es que su semblante cambia. Aunque sea el mismo trayecto todos los días, prueba los desniveles de la acera, se monta en los muros a su alcance, toca los postes, arranca una que otra hoja que se le cruza al paso, choca la mano derecha del vigilante del edificio por donde recortamos camino, mira los gusanos y los caminos de hormigas y hace algunas cosas que me hacen querer que me trague la tierra, como dar palmadas en las nalgas de las chicas que sabe que después se sonreirán al ver que es sólo un niño. Las reprimendas no han servido, intuyo que inevitablemente existe un gen de atrevimiento masculino y contra eso ningún poder materno puede. De regreso en las tardes cambia un poco la dinámica. Apenas sale por la puerta del colegio, me advierte que debemos parar en la panadería para comprar una botella de agua. Al llegar a la tercera casa, contando desde la guardería, recorta el paso y me abraza las piernas. Así va hasta que pasamos la reja por donde asoma un perro pastor alemán siempre enfurecido que deja ver su dentadura. No se puede negar que es un animal muy bello, joven, bien cuidado, que inspira bastante temor. Al caer la tarde lo dejan correr en el patio delantero para que espante a todos los transeúntes. Como la acera es tan estrecha, tenemos que pasar a menos de medio metro de distancia, desde donde parece que el perro puede sacar el hocico y dar una mordida. Pero que va, no le cabe la boca. Eugenio no entiende esto desde su inocencia. Muchas veces grité en voz alta insultos a quienes podrían criar un animal sólo para desequilibrar los nervios de la gente que pasa frente a su casa. Después de tanto tiempo, simplemente me limito a disfrutar de los únicos segundos de gloria durante los cuales Eugenio me hace caso, me da la mano para caminar y accede a cualquier instrucción. Los cambios en el camino de regreso a casa, también incluyen una selección de florecitas de monte que crecen en el regazo de las raíces de los árboles. Eugenio me las da y yo en ocasiones me las pongo en el pelo, otras, las guardo en los bolsillos. Ni pensar en botarlas o dejarlas caer con descuido. Unas cuantas casas más allá, hacemos la parada obligada de las tardes para acariciar a Gema, una labradora dorada ya adulta. Desde que la vimos Eugenio se encantó con ella, le decía “ven perrito”, hasta que una vez la llamaron desde adentro y así supimos su nombre. En los primeros meses, ambos se veían, el niño sonreía y Gema movía la cola. Él se moría por tocarla y ella se arrimaba al metal con ganas de que le acariciaran el lomo. Pero yo, con una mirada los mantenía a raya. Siempre le había advertido a Eugenio que los perros desconocidos no se tocan y menos si están comiendo. Pero un día ya no pude más, creo que fue después de una frase que me tocó el corazón, un domingo cuando salimos de paseo: “somos una familia sin perro”. Desde esa vez lo dejé acariciar a Gema brevemente todas las tardes. También creo que influyó el olor a incienso, ver cómo entraban y salían de la vivienda personas vestidas de naranja, como en un atuendo de meditación y el extraño arabesco oriental impreso en un mosaico adosado a la reja. El caso es que a la rutina se han agregado unos minutos que implican llamar a Gema para que se acerque a la puerta, acariciarle el lomo, hacer que yo también la acaricie, repetirle al niño que no a todos los animales se les puede tener confianza, que es a esta perra porque ya tenemos tiempo conociéndola y por último, despedirse y prometer que mañana pasaremos de nuevo a saludarla. Al llegar a la panadería Eugenio corre para pedir la botella de agua antes de que el empleado la saque de la nevera. Es una carrera de agilidad que ambos se han inventado. Luego, al igual que en las mañanas, mi hijo corre, yo le grito que se pare en cada esquina y me espere para cruzar. Alguna señora me advierte “no lo deje solo, mire que hay mucho peligro”, y yo me controlo entre la angustia de que le pase algo y las ganas de “retorcerle el pescuezo” como decía mi abuela, por hacer que la gente me diga cosas en la calle. Él llega finalmente sudando al edificio y yo, detrás, pensando en cómo un trayecto de quince minutos a pie puede transformarse en uno de cuarenta y cinco.
Mi primera vacuna en el mundo maternal llegó entonces hace poco. Fue una tarde paradójicamente bellísima. Había llovido toda la mañana y yo pensaba preocupada en cómo haría para traerme a Eugenio desde el colegio con semejante clima. Pero el día mejoró y ya a las tres de la tarde los edificios se veían lavados. Eugenio pudo ir a su práctica de fútbol con la guardería y yo me arreglé cerca de las cinco para recogerlo. Preparé un termito con agua, como hacía algunas veces para ahorrar la parada en la panadería. Caminé deprisa, toqué el timbre del colegio, vino la maestra, con ella, Eugenio lanzando la lonchera ya vacía al aire. Le recordé darme un beso y pedirme la bendición. Inicié el interrogatorio para auditar el servicio: “cómo te fue hoy, qué hiciste, viste mucha televisión, hiciste la tarea, qué comiste en el almuerzo”. Una letanía que ya Eugenio me respondía casi automáticamente: “bien, tarea, sólo los Power Rangers, que sí la hice..., pasta con pollo”. Para variar, nos burlamos del pastor alemán. Llegamos a la reja de la casa mística para ver a Gema. Ella se dejó rogar para acercarse, finalmente se levantó y se recostó a la reja como todas las tardes. Eugenio sonrió. El la acarició suavecito con su mano tan pequeña. Al devolver el movimiento para tocarla de nuevo, se levantó algo del pelaje y en cuestión de segundos vi una mancha de sangre, como una perforación. Lo recuerdo claramente. Mientras el niño volteó la cara buscando mi sonrisa de aprobación, se asomó la herida que los deditos tocaron sin querer, el animal emitió un sonido lastimero y como en un latigazo volteó su hocico para clavar sus colmillos en el brazo de mi Eugenio. Todo pasó muy rápido. El perro aflojó la mordida y huyó hacia un rincón pero ya los gritos del niño habían llamado la atención de una brigada naranja que dejó su sesión de meditación con sobresalto. Yo estaba petrificada. Los dos puntos de sangre sobre la piel rosada y tierna se grabaron en mi frente con el hierro de un sentimiento de culpa. Sólo se me ocurrió abrazar a Eugenio tan fuerte que entre sollozos me pidió que lo soltara porque lo estaba asfixiando. Nunca lo había visto llorar de ese modo, ni en las peores caídas. Eran lágrimas largas, espesas, y los ahogos entre ellas eran de decepción. En cambio mis lágrimas eran más tímidas, como un hilo, y de diferentes sabores, unas de culpa, otras de rabia, otras de lástima por mi niño y otras de sabiduría recién adquirida. Allá a lo lejos me pareció oír disculpas, “Gema está herida”, y también acusaciones, “a quien se le ocurre meter la mano en una casa ajena”.
El pediatra revisó a Eugenio esa misma tarde, le limpió el brazo y me recomendó observarlo. Nos fuimos a casa. Lo que hubiera sido un regreso de saltos y picardías se volvió en una mirada triste que traspasaba el vidrio de la ventana del taxi. Sentados en la sala, ya en el refugio de la casa, Eugenio por fin me habló. Tuve miedo por instantes, al no saber si me diría otra de sus frases. Efectivamente no se contuvo y me reprochó: “tú me dijiste que podía acariciar a Gema”. Yo no pude hacer más que reírme internamente y regañarme: “viste... de qué te sirve la comida balanceada, las vacunas al día, pagarle el fútbol, buscarlo temprano al colegio, aguantarse las interminables fiestas infantiles, comprarle un regalito a la maestra en su día o haber sentido que mientras a él lo mordía un golden retriever a ti te despedazaba el cuerpo entero un tigre gigante... de nada”. Seguramente fue el agotamiento lo que me hizo querer saltar de golpe del sofá en el que estábamos y decirle en forma socarrona a mi hijo de tan sólo cinco años: “... y sí, me equivoqué, pero igual soy tu mamá, no te puedo salvar de todas aunque planifique en exceso, si así es como se aprende hemos debido acercarnos al pastor alemán desde hace tiempo para salir de esto de una vez...”. Debo haber tenido una expresión extraña en la cara porque Eugenio me miró asombrado. Mi mente siguió desbocada mientras hacia estaciones en mi fuga a la cocina. “Y no creas que aquí acaba la cosa”, pensé moviendo la cabeza y riendo sola, “ya estamos condenados, tú a mirarme sin quererlo como modelo en todas las mujeres y yo, a pelearte las novias y tal vez, sin pensarlo, sólo por destino inefable, a ser una suegra perversa”.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
LA LLUVIA DEL ABUELO
De todos los personajes fascinantes mi abuelo era uno de ellos. Era corriente, un hombre, simplemente, pero era un héroe noble para mi. Le e...
-
De todos los personajes fascinantes mi abuelo era uno de ellos. Era corriente, un hombre, simplemente, pero era un héroe noble para mi. Le e...
-
Teresita cuenta con los dedos de las manos los cariños que le faltan no los encuentro dice y escurre una lágrima por el rostro ceniciento ...
-
I Todos los caminos conducen a Roma Menos el tuyo que conduce a la incertidumbre. Frases de amor desgraciado que me inventas Tal vez ali...