domingo, 25 de septiembre de 2011

ALGA TUNDRA

Dejaré que me coman como a un alga oceánica los diminutos peces.
Bajaré a profundidades obscenas pasando la tundra celeste del mar
vede, verde mar, aguamarina, celeste, azul marino, oscuro, azul petróleo, 
ondeando las escamas, sin dejar rastro de olor porque el agua lo impide.

Allá abajo encontraré un pez jamás antes visto deformado por la oscuridad.
Allá miraré por fin una ciudad perdida que nadie conoce y todos temen.
Me internaré sutilemente con las ondas del agua y mi cuerpo formará agallas.
Allá no me encontrarán los anzuelos metálicos del pestilente pasado.

Viviré en cavernas de los tonos más penumbrosos que invitan al olvido
y me volveré transparente ante la ausencia castigadora de la luz y del amor.
Allá no hay nombres porque muchas de las especies son desconocidas.
Me quedaré asida con ventosas en la carcaza podrida de un barco en tinieblas.

Allí el mar no es salado, ni violento, ni feroz ni lúgubre, es sólo mar, sin sentido, sin alma.
Allá el mar pierde olor y el Sol ya no tiene dominio, ni la luna, ni algún astro descubierto por el hombre.
Me quedaré con las especies por descubrir, entre los tesoros áureos de tiempos remotos.
Allá reposaré los cariños, los anhelos, los recuerdos, la alegría, el sarcasmo, el desengaño
y me volveré poco a poco herrumbre de mar y asilo para peces tristes y enfermos.

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