“Lo primero que yo hago al despertar es darle gracias al Señor todos los días”, dice la canción esa vieja guapachosa. Yo la canto mentalmente con rutina a las cuatro de la madrugada cuando me despierta el insomnio. Siempre es el mismo pensamiento. Un día más. Se acerca el momento. Cuándo será. Mi abuela materna murió a los noventa y cuatro de un ACV. Mi abuelo paterno murió de cáncer de estómago a los ochenta y siete. Mi padre tuvo su primer infarto a los cincuenta y tres años y murió al tercero. Mi madre sigue viva y tiene sesenta y ocho. Conocí al esposo de una prima que en su tercera década murió en un maratón por choque electrolítico. También tengo un tío que la sífilis se le subió a la cabeza y murió cercano a los cincuenta en un manicomio pidiendo siempre que le llevaran de regalo galletas con chispas de chocolate. Mi abuela materna murió de tuberculosis porque horneaba dulces para ganarse la vida y tal vez, dicen, el calor del horno le hizo daño. Mi abuelo paterno, jefe civil de aquel pueblo, masón (característica que todavía no entiendo), cuyo retrato dejaba ver un reloj con cordón que le colgaba del bolsillo, murió también de afecciones cardíacas. Todos los días me levanto pensando cuál herencia será la definitiva.
sábado, 14 de mayo de 2011
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LA LLUVIA DEL ABUELO
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