Ramón era un nombre vulgar para él y por eso se inventó firmar sus pinturas locas con el nombre de Paul Dixert, otro desvarío más de esos que sólo él tenía, algo que quién sabe de dónde lo inventó, como esa manía de fumar que le tenía amarillos los dientes, la boca y el bigote de mopa blanca, algo tan loco como sus dedos artríticos que parecían raíces de un viejo árbol mágicamente en movimiento, algo tan loco como su cabello de Einstein que de verdad no cuadraba con sus casi sesenta años, algo tan loco como tomar whisky todos los días sin importar con quién ni dónde ni cómo (ni con qué dinero), algo tan loco como preguntarle a la hija de la vecina así a boca de jarro, después de verle la cara de angustiada a la mamá, si ella todavía seguía siendo virgen porque ya en su casa todo el mundo la tildaba de “la puta esa” porque se perdía todas las noches, algo tan loco como lo que me dijo una vez después de haber pasado años alabando su café, que el secreto estaba en no lavar nunca la cafetera… algo tan loco como su muerte, que le llegó riéndose de un chiste, cayendo de lado como en cámara lenta, aflojando la sonrisa y cubriendo los dientes, dejando escapar una cascada de orina sobre el sillón donde estaba sentadito así como si nada… así de loco y original era Ramón.
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