domingo, 21 de febrero de 2021

 Mi lista de achaques

"Ah, bueno a ver, pásame tu lista de achaques", me dijo el domingo temprano en la mañana, el día que habíamos quedado para hablar por WhatsApp. Era el espacio escogido para conversar con la gente que se había quedado en el lugar de la nostalgia, cuando tenía algo más de tiempo para conectar con la gente querida y no sentirme tan sola después de limpiar casas ajenas toda la semana. En su caso, ya había pasado mucho tiempo que había salido de Venezuela y no le pegaba tanto el dolor del destierro. Además había salido como esposo de una diplomática del régimen, con los gastos más o menos cubiertos y a una edad en la cual todavía no le dolían los 208 huesos como a mi a los cincuenta años. Fue curioso porque de los primos siempre fue el más alejado, el que no "se mataba jugando" como decía la abuela, con el resto de nosotros en las visitas a El Campito, un barrio popular de Caracas donde todavía quedaba un pedazo de tierra con famélicos árboles: un mango, un zapote, un guanábano, uno de aguacate y uno de semeruco sembrado en un desfiladero que era un desafío a la gravedad. Allí esquíabamos en una colina de tierra rojiza con asientos de cartones hasta quedarnos empanizados de tanto polvo. El siempre andaba en otra cosa, quizás por eso fue el único que salió espontáneamente para no volver jamás. Nos reencontramos ya viejos, el en Irlanda, divorciado y con barba de adiestrador de osos, con unas frases tan apropiadas para todas las ocasiones como si hubiera nacido en El Tibet. Yo, en Estados Unidos, cuando acababa de perderlo todo en una arremetida de la dictadura que me persiguió como periodista, saqueó mis oficinas y me detuvo para un interrogatorio tortuoso cuyo único objetivo fue calarme de terror para obligarme al exilio, como delincuente sin delito, dejando las propiedades que me garantizarían una vejez tranquila según mis cálculos. 

Allí estábamos otra vez, conversando de todo, de sus cosas, de mis cosas, de sus padres, mis tíos, de mi madre, su tía, de qué podíamos hacer con esas historias vivientes que no se esperaban una vejez sin hijos, sin nietos, sin misas, sin navidades y sin esperanzas. "Ah ver, ¿y entonces?". Me retó en un momento recordándome que obligatoriamente venía la letanía de sus consejos a mis quejas físicas y a mis ganas de quedarme para siempre tirada en una cama viendo la televisión como una autómata. "Está bien", le dije, "me lo merezco  por no saber mantener la boca cerrada. Ahí te va. Tengo una hernia cervical y una lumbar, la segunda me hace irradiar un dolor hacia la pierna derecha como si fuera una ciática. Tengo litiasis en la vesícula, me la descubrieron por casualidad cuando me dio dengue, se supone que no debería tomar café pero moriría seguramente si me falta en las mañanas. Me recomendaron no comer huevos, brócoli, repollo, carnes rojas, no tomar alcohol y sacármela en lo que pudiera, que de todas maneras ya no me servía llena de piedras. Tengo un quiste de cuatro centímetros en el ovario derecho confirmado un poco antes de salir por la frontera. A veces creo que me duele pero a decir verdad no sé si es eso o la hernia lumbar. Tengo una fascitis plantar, que te explico, no sé por qué da, parece que es falta de elasticidad de la fascia, que es como una membrana que recubre todo el cuerpo. Cuando estoy mucho tiempo de pie en la noche prácticamente me arrastro si tengo que pararme al baño. Duele más cuando ya te has relajado". Hilaba una cosa con otra porque no quería que me interrumpiera, tal vez para hacer más dramático el cuadro. "Tengo también una eventración en la cicatriz de la cesárea. Ya han pasado 17 años y nunca pude operarme pero sé que está allí, el médico que me revisó el quiste recorrió toda la operación y me dijo que era como un huequito de medio centímetro. Te juro que cuando presionó para verificar me dolió tanto que casi lo pateo. Fue horrible. Y por último, creo que no se me escapa nada, tengo una corioretinopatía serosa central, es como un adelgazamiento de una de las capas de la retina que me hace ver todo como a través de una pecera, además de que ya se me desprendió el humor vítreo de ese ojo y veo como una marca como las que dejan los vasos en las mesas, un aro negro que flota todo el tiempo".  Me detuve mareada en medio de la retahíla, el hacerme consciente de todas esas dolencias me hacía sentir insignificante. Era un esfuerzo tremendo hacer lo que conseguí para ganarme la vida. Llegaba a la habitación alquilada directo a acostarme. "Está bien". Me dijo y se aclaró la garganta. "Tienes que entender que el cuerpo es un sistema. Es el envase que se nos ha dado. Por Dios, por Jehová, por Krishna, por Ifá, llámalo como quieras. Algunos son mejores que otros, pero todos se pueden regenerar. Levántate en las mañanas, piensa que estás bien, que todo está bien. Mándale mensajes a tus células. Mira, está este doctor, Joe Dispenza, que habla del poder de la mente para curar la materia. El propone hacer meditación todos los días y establecer una comunicación directa con todo tu engranaje, incluso a nivel molecular". Y vino su revelación personal por supuesto. "A mi me dolía todo, hasta que un día me levanté y dije ya no más y me compré una bicicleta. Los primeros días no aguantaba las rodillas y ya ahora hago dos millas diarias, ida y regreso, algo suave. La edad está en tu mente, es solo algo inventado por el hombre. Y te aseguro que si además mejoras tu alimentación todo cambia. No tomes lácteos, no comas gluten. También prueba no consumir oleaginosas por un tiempo y mucho menos azúcar. Si te quitaras el café sería ideal. Y tienes que hacer las cosas que crees que no puedes hacer. Cambiar las rutinas, empezar por pequeños pasos todas las mañanas, proponerte bajar de peso, ejercitarte, modificar tus hábitos". Se escuchaba tan convincente, su voz era tan calmada y suave. Y los videos que hace unos meses me había pasado con el viento retozando alegremente por la orilla de la playa cuando iba en bicicleta eran tan motivadores. "No es tan difícil", le dije. "Probar no cuesta nada". Del otro lado se escucho su grito. "¡Ves!, esa es la actitud, no puedes darte por derrotada y tienes que seguir, por ti, por tus hijos". Ya no me llamaban por cierto, sumidos en esa vorágine capitalista de vivir para trabajar en la tierra prometida o simplemente porque no les nacía. "Debes pensar también en el sincrodestino. En esta coincidencia cósmica de encontrarnos tú y yo ahora, para hablarnos. El Universo se está modificando para crear tu destino personal. Nada es coincidencia. Si estás atenta, si pones atención, cada situación está allí para enseñarte. Te encuentras señales, se manifiestan eventos que tienen un significado. Nada es por azar. Eres una ola en la estructura del cosmos, celebra esa danza, domina tu diálogo interno y pon en movimiento tu intención". Qué inspirador resultó el diálogo. Nos despedimos. Le di las gracias y quedamos en hacer pequeños toques durante la semana para ver cómo iban las cosas. Realmente fue sincero y yo quise corresponder su interés haciendo un esfuerzo. Después de todo, era satisfactorio saber que alguien me había escuchado. Joe Dispenza, recordé.  Y puse ese nombre en el buscador de videos con la palabra "respirar" clave de la meditación. Y lo primero que vino a mi pantalla fue una noticia de Paul Alexander, un abogado de 67 años en ese momento conectado desde los seis años a un pulmón artificial. La imagen de una cabeza roja sonriendo saliendo de una gran bobina amarilla era lo que acompañaba la historia. Me capturó la lectura. Un niño que a principios de los cincuenta queda confinado por la polio y pasa su vida respirando de forma artificial. Paralizado casi por completo solo podía mover la cabeza, el cuello y la boca, no obstante se graduó de abogado. No lo podía creer. El artículo de prensa tenía un tono exageradamente optimista. "Agradecido con la vida porque puede escaparse de la máquina por períodos cortos cuando litiga en casos especiales y se propone respirar conscientemente, como un ejercicio de inspirar y expirar rítmicamente, vigilado por un terapista especializado". Leí más y pensé. "¿Cómo una persona con el privilegio de poder dejar de respirar para no volver a su encierro puede decidir hacer todo lo posible por regresar a su pulmón de hierro?". Seguí con los ojos desorbitados buscando más datos. "Alexander dijo que encontró una especie de determinación dentro de sí, tan fuerte como el hierro del aparato que lo mantenía vivo. Decidí que iba a luchar contra esto. Que tendría una vida, explicó en la entrevista". Al parecer en su familia se turnaban para cuidarlo. Su padre fabricó un instrumento con el cual Paul podía escribir con la boca moviendo su cuello. Así se graduó de secundaria con honores. Y luego de abogado en una universidad de Texas. Tuve el impulso enseguida en llamar a mi primo y contarle este hallazgo, pero se mezclaron sentimientos extraños en mi. ¿Dónde iba a quedar mi lista de achaques?. Terminé la lectura con los planteamientos que cualquiera se haría, cómo pudo aguantar tantos años conectado a un respirador artificial. "Todo se reduce a una sola palabra: amor. Mis padres me educaron con amor y me enseñaron a no rendirme. También me inculcaron la importancia de las relaciones y la certeza de que todo es posible". Me quedé pensando largo rato. Traté una vez más de llamar a mi hijo pero me colgó, probablemente estaría en el fútbol con los amigos. Tal vez nos veamos en Nochebuena me consolé.Ya definitivamente se estaba acabando el domingo, el día que todas las semanas trataba de alargar sin éxito.  Lo estiraba y disfrutaba conscientemente hasta el último segundo. Pensé más en lo que era ahora mi vida y volví a hacer esa cuenta ficticia de tener unos ahorros para comprar una casa pequeña. Me imaginé en Irlanda tomando vino y conversando sobre todo esto un día cuando saliera del limbo de un estatus de asilada sin papeles. Sentí que las buenas horas que me quedaban del Día del Señor se me estaban escurriendo banalmente y debía salir bien temprano el lunes. La pastilla de motivación se consumió rápido. "Al carajo", dije, "ya desde hace tiempo soy algo menos que una equis en el cielo, perdóname vesícula, que sea lo que Dios quiera". Y me paré violentamente a prepararme el capuchino con chocolate más cargado.  



 


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